Las vueltas de Tigre

Es interesante reflexionar sobre el “uso criollo” de algunas cosas que, en la mente del que se tomó el trabajo de idearlas y ejecutarlas, debieran tener uno distinto del que nuestra peculiar idiosincrasia les asigna. Y las razones y consecuencias de semejante “originalidad”.

Empecemos con un ejemplo fácil: todos hemos ajustado un tornillo flojo con un cuchillo. Pero nadie lo hace cuando tiene el destornillador a mano. Lo hacemos cuando no queda más remedio, porque no tenemos la herramienta adecuada.  O cuando el remedio supone una dosis de energía que no estamos dispuestos a invertir en el asunto cuando, por ejemplo, tenemos que buscar la caja de herramientas en el cuarto de arriba. O pedírselo al vecino a quien se lo habíamos prestado. Las consecuencias en estos casos -y otros por el estilo- no suelen ser graves. Dependiendo de la forma y dureza del cuchillo con funciones de destornillador, podremos doblarlo o partirle la puntita. Y a lo sumo recibir un reproche de alguno menos desaprensivo. Nada grave.

Hay ejemplos menos intrascendentes. Cito uno trágico: Las bengalas para pedir socorro en altamar no deben usarse para amenizar recitales de rock.

Vamos a Tigre. Nos llena de orgullo a los que vivimos en este municipio hace ya muchos años, verlo crecer y mejorar. Mucho se ha hecho desde lo privado y mucho el aporte desde lo público. Siempre he sostenido y afirmado que hay espacio para una interacción más sana y armoniosa entro uno y otro sector. Entre lo público y lo privado. Pero no es de eso de lo que quiero escribir ahora sino de una de las mejoras en la infraestructura vial.  Me refiero a la que probablemente sea la que más se destaca: el ensanche y repavimentación de la Ruta Provincial 27. Antes se llamaba Av. Santa María pero parece que ese nombre está corriendo la misma suerte que el monumento a Colón: lo desmantelan de a pedacitos. Como sea que el progresismo políticamente correcto decida llamarla, lo cierto es que, desde el empalme con el Camino de los Remeros hasta el cruce con las vías del ferrocarril hay diez rotondas.  La función de las mismas es ordenar el tránsito en las intersecciones de distintas calles, evitando poner un semáforo. Si todos se ajustan a las reglas viales, la cosa marcha bien y el tráfico “fluye” mucho mejor que con el semáforo. ¿Cuál es la norma básica a respetar que garantiza el buen funcionamiento de la “herramienta”?   Pues que los vehículos que se encuentran dentro de la calzada circular tienen preferencia sobre los que se incorporan a ella. No es física cuántica. Es bien sencillo. Pero en nuestra viveza criolla hemos “reinventado la rotonda”. Hemos preferido convertirlas en dársenas de refugio para que no nos lleve puesto quien viene incorporándose, según el tamaño y la velocidad del vehículo en cuestión. Y, obviamente no hay lugar para demasiados “refugiados”, de modo que cuando el refugio se completa, el tráfico se traba peor que con el semáforo porque no tiene límite temporal.

Creo (quiero creer) que el asunto tiene solución: una adecuada campaña vial, incentivada luego por una correctiva aplicación de multas para los renuentes, debiera resolverlo. Lo he visto hacer, con gran éxito, no en Suiza sino en…San Martín de los Andes. Es un placer, en las muchas rotondas que han hecho allí también, poder prever civilizadamente el derecho de paso, sin apelar al tamaño y la velocidad para obtenerlo.

Hago público, entonces, este pedido con la casi certeza de que, como dice Falú, “será trigo sembrado en el mar”. Pero libero así mi conciencia teniendo presente que el cargo de intendente y todo otro de índole política no se encuentra dentro de mis ambiciones. La prueba que hice en este rubro –que recuerdo con escalofríos- me alcanzó y bastó.

Jorge O’Reilly