Profundizar el modelo

Nacional y popular. A mí me va la consigna. Por supuesto, también me van otras igualmente remanidas. Es fácil decirlas. Acá van algunas. Para que queden mejor, díganse en voz alta, con cara de fastidio y dedo acusador en alto: <Salud para todos! ¡Trabajo! ¡Educación! ¡Justicia para todos!> ¿Quién se olvida, por ejemplo, de aquel «con la democracia se come, se cura, se educa…»? El problema es que hay que bajar a la realidad esas aspiraciones, tan justas como compartidas. Y como si no fuera suficientemente difícil concretarlas, antes hay que definirlas. Porque últimamente las palabras han ido perdiendo su significado. Y ya ni siquiera estamos de acuerdo en qué son las cosas que decimos ni a qué se refieren las palabras que usamos, las cuales van cambiando de significado según los sentires y vientos de moda. Podríamos intentar hacer la prueba en algún grupo de gente, más o menos heterogéneo, como se quiera… Muchos usarán las mismas palabras y quizá hasta asentirán con énfasis al referirse a ellas sin darse cuenta de que cada uno se refiere a algo distinto con esas palabras y que, al referirse a ellas en una conversación sobre las mismas, cada uno piensa en algo distinto. Las mismas palabras. Significados totalmente diferentes, sino opuestos. No hace falta explicitar las consecuencias caóticas que esto puede tener en una conversación o en una sociedad. Lo que sí es seguro que será muy difícil lograr algún tipo de comunicación o de entendimiento en un contexto semejante y, a su vez, es el mejor modo de causar total confusión. «Confunde y reinarás»….

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Retomemos aquello de «nacional y popular». Cuando yo me refiero a ello rápidamente pienso, por ejemplo, en los viejos cuadros de Molina Campos. Los paisanos jugando a las bochas. Una carrera de sortijas. Una guitarreada en la pulpería. La jineteada. El revoleo de pañuelos en una chacarera pueblerina. En fin, podría seguir. Lo nacional, lo asocio al sentir primigenio de nuestra patria, a lo que tiene que ver con las raíces, con el «nacer», con lo que tienen en común aquellos que tienen una cuna común. A los valores compartidos. A la nobleza de los gauchos. Al jugarse por ideales trascendentes. Al reconocimiento del esfuerzo y del sacrificio. A nuestra música.

Por el contrario, por el mensaje que vamos viendo que se da a nuestros jóvenes y no tan jóvenes, pareciera que lo «nacional y popular» estuviera asociado -o debiera asociarse necesariamente- a lo berreta, a lo grotesco. A la imitación estúpida de todo lo malo y que encima es robado de lo peor de lo ajeno. Tanto repudio a la globalización, por ejemplo, y sus mismos detractores -que sólo se interesan por su aspecto económico- avalan y fomentan sin chistar tatuajes, piercings, pantalones que cubren de la mitad del traste para abajo, gestos ridículos de bandas callejeras norteamericanas. Y su horripilante rap al que le faltan muchas materias para recibirse de música.
Y esto también es responsabilidad de quienes nos dirigen. Es a ellos a quienes corresponde «dar la nota» de la media cultural. Son ellos los que permiten que la «contaminación cultural» llegue al «pueblo» a través de la basura contenida en la enorme mayoría de los programas de la televisión. Y si antes se salvaban los lugares algo apartados, hoy la televisión satelital hace que, cuando uno espera ver un paisano nacional, bien de pueblo, se encuentre con un tipo que parece deportado del Bronx. Vestido igual. Escuchando algo que pretende pasar por música, pero que no tiene nada de nacional. Tatuado. Y con un aro en la ceja. Y eso pareciera no preocupar a muchos. A mí sí me preocupa. Y sé que son muchos más de los que ellos mismos se imaginan aquellos que conservan el sentido común y pueden discernir lo que realmente es «nacido de nuestro pueblo», perteneciente a nuestras raíces -que son las que nos dan nuestra identidad- de aquello que sólo es veneno y caricatura del desecho de los de «ajuera»… Que no seamos devorados por ellos y podamos recuperar el verdadero sentido de las palabras y de lo que realmente es nacional y popular.