El programa de Longobardi a la mañana en radio Mitre me produce la misma sensación que la Argentina. Por un lado siento que es «mi» programa pero, a la par, me llena de indignación.
Longobardi es un tipo que se ha esmerado. Que hace esfuerzos por superarse. Profesional. Agradable, cosa que he podido comprobar personalmente. Educado y serio. Muchos de los que participan habitualmente en su programa en temas de economía y política son gente sensata, que sabe de lo que habla. Pero toda esa educación y responsabilidad parecen no alcanzar a percibir la incongruencia que supone convivir con tan grotesca ordinariez en los comentarios que pretenden ser cómicos. La norma en este aspecto es lo chabacano y, nueve de cada diez veces, referido a lo sexual. Yo por lo menos, cada vez que Rolo Villar interviene, apago el volumen. No estoy dispuesto a que mis hijos, con quienes voy normalmente a esa hora en el auto, se «des-eduquen». Que crean que es «normal». Y ojo que yo no soy ningún puritano. Tengo ya mucha calle, vestuarios rugbísticos, convivencia con el zoológico de la casa rosada, amistades y conocidos de distintas extracciones. En fin, muchos años, creo. Pero me rebelo contra la pretendida «normalidad» de semejante ordinariez. Porque, aunque sea «común» (y francamente creo que no lo es, porque supera con creces la media en chabacanería) no es «ajustado a la norma». ¿Y cuál es la norma dirán ustedes? Y aquí podemos empalmar con lo que me frustra de la Argentina. Ya nadie cree que las normas existan. ¡Y han llamado norma (ley) a cada cosa…! Si pretenden convencernos, por ejemplo, de que el matrimonio puede ser algo distinto de la unión entre un hombre y una mujer. Los delincuentes, son víctimas de la sociedad. Los piqueteros que impiden la circulación, incomprendidos oprimidos que no merecen sino el encomio. Los estudiantes que vandalizan monumentos históricos, unos pícaros creativos. Maestros y educadores, malvados opresores que imponen reglas y obligaciones de puro sádicos. Estos, a su vez, toman de rehenes a padres y alumnos en mezquinos reclamos de dudosa justicia. Y no quiero seguir, pero tengo mucho más. Y todo mezclado en el país que me conmueve por sus paisajes, su potencialidad, por la nobleza de mucha de su gente, por su historia. Mi patria. Con la que tengo una deuda que nunca podré saldar. Porque nunca podré devolverle a Dios, a mis padres y a mi patria el equivalente a lo recibido.
Es esta falta de adecuación entre la normativa vigente y el orden natural de las cosas, el sentido común, lo que está en la base de nuestra actual desventura. Es posible revertir el estado de las cosas. Llevará tiempo y esfuerzo, pero hay que empezar por reconocerlo. Si hay alguien a quien creo capaz de lograrlo es Marcelo Longobardi. Es capaz de hacerlo y de «elevar un poco la puntería». Porque si la renuencia a hacerlo fuera una potencial pérdida de rating, estaríamos ante el equivalente al «populismo» político que él con tanta razón critica.
Jorge O´Reilly