Título habilitante

No pienso gastarme en leer la ley  provincial bonaerense. Dicen que fue aprobada el miércoles pasado y que permite que militantes sociales al frente de grupos de chicos de 4 y 5 años, sin formación pedagógica oficial ni título regular alguno, se conviertan en docentes con todos los derechos y obligaciones de la ley 10.579 del Estatuto Docente provincial.  Que el sistema educativo hace agua por todos lados no se le escapa a nadie.  Curiosamente, esta iniciativa incluye uno de los principales problemas del sistema pero también indica -tal vez sin proponérselo-  el camino de una posible solución.

Nadie pone en tela de juicio la necesidad de jerarquizar la profesión docente. Es imperativo también que perciban un sueldo que les permita vivir dignamente. Pero nada de eso justifica las absurdas prebendas que sostienen los muchos sindicatos que los representan. Por ejemplo, el mero paso del tiempo no supone necesariamente más capacidad para estar frente a un aula.  Como en toda profesión, el estudio y la actualización tienen que ser permanentes. Acreditar esa idoneidad con exámenes periódicos debiera ser habitual. Y acceder a los cargos por concurso, también. Con estas y otras medidas (yo sólo sugiero las que me dicta el sentido común) tal vez vayamos revirtiendo el evidente deterioro que estamos teniendo en algo tan crucial como la educación. Amparar la mediocridad -por no decir vagancia- de sus afiliados, no debiera estar entre los objetivos de ninguna agrupación de profesionales. Esa es la sensación que me dan los sindicatos docentes.

Pero mientras no se tomen las medidas que permitan mejorar el desmadre que vivimos en la educación, por lo menos debiéramos admitir otras recetas posibles.  Es en este sentido que me resultó interesante la propuesta que incluye en la ley.  Claro que lo objetable de la iniciativa es otorgarles demagógicamente las mismas prebendas  a un grupo que no goza del «título habilitante» de docente. No es eso lo que me gusta. Obvio que no. Lo rescatable viene del lado de la amplitud de criterio para reconocerlos como tales. Es decir, si el «título habilitante» y todo el fárrago de requisitos administrativos que rigen el ámbito educativo, no garantizan los resultados que pretendemos, no estaría nada mal dejar espacios para alternativas.  Si la receta que estamos empleando es la que produce los resultados que estamos teniendo -que no satisfacen a nadie- no debiéramos ser tan rigurosos en su aplicación.

Mi propuesta concreta: establezcamos requisitos mínimos y, los que puedan y quieran, que opten por educarse «fuera del sistema». En Estados Unidos hay aproximadamente tres millones de chicos que estudian en sus casas. Los padres nos son «docentes». Pero los resultados académicos de estos chicos son sorprendentemente buenos. En la Argentina eso está expresamente prohibido.  ¿Será que los padres argentinos somos menos capaces que los americanos? Siempre fue obligatorio para los padres educar a los hijos. Pero ahora lo que es obligatorio es escolarizarlos, que es ciertamente distinto.  ¿Y por qué, si  la escuela es obvio que viene fracasando? La respuesta a esta pregunta excede el punto que quiero señalar aquí pero, por lo menos, advierto que debiéramos ser más coherentes con la situación que vivimos. Es el eterno dilema que uno enfrenta ante el vernáculo choripán: Lo encaro por un extremo o por el otro. No se puede comer el chorizo por las dos puntas…. Si el sistema educativo fuera exitoso, entiendo que pretendan hacerlo obligatorio para todo el mundo y sin excepciones. Pero si la mitad del los alumnos no termina el secundario y los que lo hacen no saben interpretar un texto básico, ¿es razonable ser tan rigurosos? Yo creo que no. ¿Qué opinarán los sindicatos?

Jorge O´Reilly