Educación en Finlandia

Estoy terminando  un viaje a Finlandia. Vinimos con Red de Acción Política para conocer –in situ– el sistema educativo que ya es famoso por su éxito.

No quiero ni puedo hacer un análisis demasiado técnico de la cuestión. Pero algunos datos son suficientemente ilustrativos: No hay ningún chico que no termine el colegio secundario, que es obligatorio hasta los 16 años. Todos los profesores (de primaria y secundaria) tienen una maestría.  Sólo ingresa a la  universidad el 5% de los que aplican para entrar a la carrera  docente. El sueldo docente no es muy alto pero ciertamente alcanza para vivir dignamente. Y el reconocimiento social que tiene la profesión es altísimo. De allí la gran cantidad de gente que pretende ser docente. Pero aproximadamente el 95% de los que aplican se queda afuera! La escuela primaria comienza a los 7 años. Ello no obstante, casi la totalidad de los que ingresan ya saben leer y escribir para ese entonces. La jornada escolar es de entre 5 y 7 horas y durante la misma los chicos almuerzan en la escuela. No existen en el sistema los inspectores. Todos asumen con naturalidad que cada uno hace lo que tiene que hacer. Y los maestros tienen gran libertad dentro del aula para decidir cómo organizan sus clases. No voy a abundar sobre las bondades de la infraestructura. De otro planeta, digamos.

Antes de venir habíamos estado en una introducción al viaje que nos hizo el embajador de Finlandia en Argentina y nos advirtió sobre lo que él considera que es la base de la sociedad: la confianza. Todos confían en sus semejantes. Confianza que evidentemente se ha logrado luego de que durante muchas generaciones  todos se han apegado fielmente al cumplimiento de ciertas normas de convivencia contenidas en leyes y reglas de educación. Debido al clima que impera la gente va, lógicamente, muy abrigada. En el ingreso a todos los edificios a los que fuimos encontramos grandes percheros en los que la gente cuelga sus abrigos. Y afuera, es normal ver cientos de bicicletas aparcadas sin ninguna medida de seguridad. Los niños, desde muy chicos, caminan solos desde su casa hasta su escuela. Tal vez quede algún pueblo remoto en nuestro país en donde todavía se viva algo parecido. Pero lo hemos perdido en casi todos lados.

¿Cuáles cosas podríamos tratar de «importar»? Porque nos resultó obvio que las diferencias culturales son enormes y que sería una ingenuidad tratar de copiar sin más lo que hacen allí. Voy a hacer un paralelo con lo que comentara un sesudo pensador contemporáneo, que sugería «dejar de afanar por dos años» para resolver los problemas de la Argentina. Pediría que tratemos de preservar -sólo la educación- de la mediocridad y chapucería con que nos hemos habituados a transigir en el resto de nuestra cotidianidad.  En ese campo intentemos que el bien común prevalezca sobre el individual. Hagamos una nueva carrera docente que esté a la altura del desafío que supone revertir los resultados que venimos teniendo. Una carrera que prestigie a sus egresados y que les permita a los muchos docentes que todavía tienen vocación de enseñar actualizar sus estudios para contar con las herramientas necesarias para ese desafío. Y que desde esta «isla» podamos ir recuperando esa confianza perdida. Y de allí ir contagiando al resto de la sociedad.

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