Es curioso como desde hace muchos años, sucesivos gobiernos «pro-pueblo» han diseminado casinos por todo el país. Hasta los pueblos más recónditos tienen el suyo.
Las más de las veces con hoteles anexos, que no son sino la excusa para el verdadero negocio de robarle el sueldo a los pobres. Porque nadie se cree que los clientes de estos antros de perdición sean gente sofisticada que concurre allí por sana diversión, a entretenerse con algo de cambio de bolsillo. No señor. El grueso de la clientela está constituido por gente humilde que juega allí -y pierde- lo poco que gana para sostener a su familia. Los he visto con mis propios ojos cuando viajo al sur. Los hoteles, hay que reconocerlo, están bastante bien. Y vacíos, obvio. Por eso los uso. Santa Rosa, La Pampa. Zapala, Neuquén. El estacionamiento de bote a bote. Vehículos modestísimos. De esos que difícilmente pasen la verificación técnica obligatoria. Los dueños de los autos, no lo son, en cambio, de sí mismos. No hay que ser psicólogo para percibirlo.
Y si el casino es el plato principal, la guarnición son los otros males que suelen acompañarlo: prestamistas usureros, profesionales del «amor», droga, punguistas que compiten con el dueño de casa. Y todo vale. Porque con la plata robada a los pobres se financian capañas políticas y se llenan las arcas públicas con las que, al menos en teoría, se asiste a los pobres y menesterosos. Muchos de ellos, víctimas de esta trampa que, disfrazada de juego, es instalada por los mismos que debieran velar por sus intereses. Malditos hipócritas que se llenan la boca hablando del pueblo y que, a la par, son los responsables de su pobreza e ignorancia.
Jorge O´Reilly